La masiva presencia de la jaiba mora devasta la pesca artesanal en el litoral ecuatoriano. Además del impacto económico, las autoridades alertan sobre su alto contenido de cadmio.

Las costas ecuatorianas enfrentan una crisis sin precedentes bajo la superficie marina. La jaiba mora (Homalaspis plana), un crustáceo que habitaba en relativo equilibrio en el Pacífico, multiplicó su población de forma descontrolada desde inicios de 2026. Este fenómeno afecta la economía de miles de familias y representa un peligro latente para la salud pública debido a su toxicidad.

Las provincias de Esmeraldas y Manabí sufren con mayor severidad los embates de esta especie. Localidades como Atacames, Súa y el puerto principal esmeraldeño reportan pérdidas cuantiosas día tras día. Los sectores del Golfo de Guayaquil y Santa Elena también registran la presencia molesta de este habitante marino, cuyo voraz comportamiento altera la rutina diaria de las caletas pesqueras.

Redes rotas y redes vacías

El trabajo diario en el mar se convirtió en una trampa financiera. Las potentes pinzas de la jaiba mora destruyen las mallas de pesca sin esfuerzo. El crustáceo ataca la carnada colocada en los espineles y devora los peces atrapados antes del cobro de las artes de pesca. Alrededor del 92% de los aparejos en las zonas críticas terminan inutilizados en cuestión de horas.

Estudios del Instituto Público de Investigación de Acuicultura y Pesca (IPIAP) señalan que este estallido poblacional responde a un ciclo natural alterado. Las variaciones en la temperatura del agua, el cambio en las corrientes marinas y los desequilibrios causados por el evento El Niño crearon el entorno perfecto para la expansión acelerada del animal.

Plaga de jaiba mora. Prensa Ágil

Un riesgo oculto en la carne del crustáceo

A la crisis económica se suma una amenaza sanitaria directa. Informes técnicos oficiales desaconsejan el consumo humano de la jaiba mora. Las pruebas de laboratorio confirmaron concentraciones elevadas de cadmio en los tejidos del animal. Este metal pesado tóxico se acumula en el fondo del mar por descargas industriales, escorrentías agrícolas o la composición geológica del lecho marino.

Dado que la jaiba mora filtra los sedimentos para alimentarse, absorbe grandes cantidades de esta sustancia química. La cocción tradicional no elimina el cadmio; el calor no destruye ni neutraliza este elemento nocivo. Su ingesta causa síntomas agudos como náuseas, dolor abdominal, vómitos y diarrea severa de forma inmediata.

A largo plazo, el panorama resulta aún más grave. La exposición continua al cadmio provoca daños irreversibles en los riñones, genera desmineralización en los huesos y eleva el riesgo de cáncer. A estas limitaciones médicas se suma la dificultad práctica de su aprovechamiento: posee un caparazón duro, rinde muy poca carne y causa irritaciones en la piel durante su manipulación.

Las familias artesanales del litoral enfrentan hoy un escenario complejo. Sin la posibilidad de comercializar esta jaiba ni de pescar las especies habituales, el sector demanda alternativas urgentes para recuperar sus fuentes de trabajo y proteger la seguridad alimentaria de la región.

Por prensaag